Viejo cuerpo, nuevo mundo

Hace casi ya trescientos años que se fraguo el modelo de gestión empresarial que, salvo honrosas excepciones, continua siendo el dominante hoy en día, pese a que se ha anunciado su defunción en multitud de ocasiones. Pero el enfermo, tarda en morir y la funeraria se está empezando a cansar de guardarle el ataúd y las flores.

Este modelo se sustenta en un principio simple: yo mando y tú trabajas. En otras palabras, unos pocos dirigen y la gran mayoría ejecuta las consignas, ayudados todos ellos por los denominados “mandos intermedios” que se encargan de que las ordenes lleguen puntualmente a su destino.

Siempre he pensado que el cuerpo humano es una buena analogía. La cabeza piensa y emite órdenes, mientras que manos y pies obedecen puntualmente sus instrucciones y los mandos intermedios transmiten los mensajes. Hasta aquí todo encaja, salvo algunos pequeños detalles.

En primer lugar, en una empresa la ejecución de las órdenes no se basan en impulsos eléctricos y los mensajes, sobre todo los que llegan de abajo a arriba, llegan a paso de burra. En segundo lugar, los que se encuentran en las concurridas extremidades tienen como misión obedecer y ejecutar, es decir, no se sabe si piensan, pero tampoco se les pide que lo hagan. Con todo, algunos bien intencionados, deseosos de emular al bueno de Owen, han introducido ciertas prácticas de sugerencias de mejora, responsabilidad compartida y cosas por el estilo. Pero, a la hora de la verdad, las decisiones se continúan tomando en la fría y aséptica sala del consejo. Y, por último y en tercer lugar, nos encontramos con los mensajeros, los mandos intermedios. Yo los comparo con una rotonda en la que todo lo que se mueva está obligado a entrar, pero lo que no se sabe es cuándo saldrá.

Esta estructura ha funcionado durante casi tres siglos y esto sólo puede significar que, pese a sus defectos y maldades, parecía ser buena para los tiempos y entornos en los que subsistía. Entornos caracterizados por su localismo, evolución tecnológica pausada, márgenes de diferenciación amplios, imperio de la demanda con apenas situaciones puntuales de sobredemanda, etcétera.
Pero en nuestros días, todo eso no está cambiando, de hecho ya ha cambiado. La globalización nos ha descubierto un nuevo mundo por explorar, pero también nos somete diariamente a duras pruebas. La evolución exponencial de la tecnología nos ha hecho olvidar su papel de facilitador para convertirse en un esclavista difícil de contentar. Los márgenes de diferenciación apenas existen y más que en innovación, invertimos en reinvención del huevo y la gallina. La sobredemanda es el pan sin chocolate de nuestros días y el localismo se circunscribe a la artesanía popular.

Se nos pide reacción inmediata, optimización del conocimiento, sabiduría estratégica, equipos trabajando en red y visión global. Pero continuamos manteniendo la vieja estructura que tantas satisfacciones brindó en el pasado. Es como si tratáramos de escalar un ocho mil con chancletas y cachaba. Poder, poder, se puede, pero es probable que acabemos despeñados.

Sin embargo, no todo está perdido. Hay miles de personas investigando sobre cómo debe ser la nueva estructura. Otros tantos, trabajamos a pie de obra en labores de campo, descubriendo pros y contras, aportando información y, en definitiva conocimiento. Millones situados en las concurridas y aburridas extremidades de ese achacoso cuerpo vertical esperan ansiosos su oportunidad de demostrar que saben y pueden hacer más cosas de las que habitualmente hacen. Y, finalmente, algunos cientos de empresarios asumen el riesgo de mirar más allá. Casualmente, estos últimos, son los que encabezan las listas de las empresas con más éxito. ¿Por qué será?

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